La oración de la ruta y de la meta

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IV DE ADVIENTO

La oración del cuarto domingo de Adviento es una de las oraciones litúrgicas más conocidas por los fieles.

Data de la época de San Gregorio Magno y se rezaba después de la comunión en la fiesta de la Anunciacion Señor, 25 de marzo: la reforma litúrgica la ha trasladada al domingo antes de Navidad.

La fama de esta oración se debe al hecho de que durante muchos siglos, con estas palabras se termina el rezo mariano del Ángelus con el cual, tres veces al día – por la mañana, al mediodía y por la tarde – conmemoramos la Encarnación del Señor.

Esta es versión literal, pero estoy seguro de que muchos también lo conocen en latín ya que la escuchamos todos los domingos por el Papa.

Tu gracia, te suplicamos, oh Señor, 
infunde en nuestras mentes:
para que nosotros que en el anuncio del ángel
conocimos la encarnación de tu Hijo,
por su pasión y cruz,
seamos guiados
a la gloria de la resurrección

Es una pequeña obra maestra, porque con muy pocas palabras nos hace volver sobre los grandes misterios de la salvación.

En primer lugar, hay una indicación muy valiosa para nuestra escuela de oración: los cristianos no deberían estar demasiado preocupados en hablar con Dios sobre sí mismos y sobre sus problemas.

Como ven, en toda la oración no hablamos de nada más que de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado.

Nuestras necesidades, Dios las conoce y no es necesario tratar de convencerlo con nuestras súplicas.

La oración cristiana debe buscar antes que todo lo que Dios quiere para nosotros y para nuestra salvación.

La primera palabra latina de la oración merecía un tratado teológico a parte: “Gratiam tuam”: tu gracia.

Nos presentamos al Señor como si tuviéramos que abrir un inmenso delantal para recibir “una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (Lc 6:38): “gracia” significa favor, benevolencia, perdón… y en la oración, la imaginamos como algo que Dios derrama en nuestra mente, hasta que desborde.

Aquí encontramos la segunda palabra clave: “mentibus nostrae”, en nuestras mentes.

La palabra latina indica la mente, la inteligencia, pero también el alma, la conciencia.

En resumen, pedimos que la gracia de Dios inunde las profundidades de cada uno de nosotros, para que pueda iluminar toda área de nuestra existencia.

A partir de aquí, nuestra oración adquiere una fisonomía muy precisa, porque no nos dirigimos a un Dios inalcanzable y desconocido: “cognovimus”, lo hemos conocido, dice la oración. Dios se hizo accesible a nuestra mente limitada.

La palabra encarnación es un neologismo, es decir, una palabra nueva, creada específicamente por el cristianismo. Antes no existía en los vocabularios de ningún idioma.

El anuncio del Ángel a la Virgen María marca el momento en que lo invisible se hizo visible, el puro espíritu se convirtió en carne humana, lo incognoscible se dejó alcanzar.

La encarnación es el movimiento que conduce del cielo a la tierra, pero, ¡atención! ¡El camino de la salvación no termina aquí!

Nosotros no necesitamos “hacernos” hombres o “acercarnos” a los hombres. A veces utilizamos expresiones como “seguir la lógica de la encarnación” que suenan bien, pero que en realidad son reductivas.

Tales discursos ocultan una actitud incluso presuntuosa, como si no fueramos cortados por las mismas tijeras de todos y no viviéramos la misma vida que todos los hombres.

Discursos como esto conducen a una reducción del cristianismo, que se convierte solo en un mensaje de solidaridad. Agradable, bueno, pero demasiado poco…

El viaje no termina allí.

El destino final no es la tierra, si no es el cielo otra vez. Se encarnó para traernos “ad risurrectionis gloriam”: a la gloria de la resurrección.

En Navidad revivimos el maravilloso intercambio de quien se encarnó, para que pudiéramos entrar, nada menos, que en la gloria de la vida de Dios.

Así… hemos visto el comienzo y el final del viaje: encarnación y gloria.

Pero la oración también indica el camino, la ruta de este viaje: “per passionem eius et crucem”: su pasión y su cruz.

Cada hombre tarde o temprano llega al sufrimiento y a la cruz, pero con Jesús se convierten solo en pasaje, camino y no quedan como destino final.

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